
Su imagen de campesino mestizo, curtido en mil batallas, con su ya característica toalla guerrillera al hombro ha sobrevivido a casi medio siglo de guerra, a muchos gobiernos, a innumerables generales nacionales, a múltiples asesores extranjeros y a un sinnúmero de operativos que le daban por muerto.

La incomodidad del gobierno de Uribe no puede ser más evidente. En el fondo, aunque no se trata de un intercambio de prisioneros en toda regla, el acuerdo humanitario implícitamente coloca a las FARC en la condición de fuerza combatiente diluyendo -y mucho- la imagen creada por el gobierno que pinta a esta organización guerrillera con los trazos más oscuros: terroristas, narcotraficantes, secuestradores, asesinos y un largo etcétera de adjetivos que buscan negar su condición de insurgentes, ignorando a propósito que esta guerrilla tiene estructuras militares reconocibles, un programa social y político y unas bases sociales que podrán no ser multitudinarias pero resultan suficientes para no ser ignoradas. De otra parte, la legitimidad del gobierno tampoco parece tan diáfana a juzgar por la raquítica participación de la ciudadanía en las elecciones y por la intervención probada y criminal de los paramilitares en las mismas.

En cuanto a lo primero, el rechazo oficial al "despeje" alegando que significa ceder la soberanía territorial, resulta todo un sarcasmo si se considera que la guerrilla está presente y controla amplias zonas del país, que los paramilitares hacen lo propio y que el Estado, como tal, apenas existe para millones de personas en este país. En realidad este rechazo rotundo de Uribe es tan solo una excusa para impedir que las FARC adquieran la naturaleza de "fuerza beligerante". Sería un golpe decisivo a su política de "seguridad democrática" (que excluye todo arreglo que no sea la rendición) y abriría las puertas a la negociación reconociendo tácitamente la naturaleza política de la guerrilla. Y negociar es lo que la clase dominante colombiana no desea; negociar significa aceptar reformas y para eso no ha existido nunca la menor disposición. Ni en éste ni en anteriores procesos de paz.
En cuanto a lo segundo, exigir la renuncia a las armas a los guerrilleros que se ponga en libertad, plantea nuevas dificultades y no pocas paradojas puesto que quien renuncia a su condición de insurrecto y se acoge a la ley no necesita formar parte de un contingente de intercambio y saldrá libre automáticamente. Si deja de ser guerrillero pierde su condición de intercambiable.

Pero también hay razones para el optimismo. En el fondo, las objeciones pueden solventarse fácilmente si existe voluntad política y disposición. Como muchos señalan - por ejemplo la misma Iglesia Católica tan poderosa e influyente en Colombia - se puede buscar una fórmula intermedia para el desarrollo de las conversaciones, realizando contactos simultáneos en el país y en el extranjero. En Colombia no sobrevendrá en cataclismo si se declara "zona especial" a algún lugar comúnmente acordado en donde ambas partes -gobierno y guerrilla- establezcan los contactos y adelanten las gestiones para el intercambio, previo retiro de cuerpos armados y bajo la supervisión y garantía de países amigos. El intercambio puede combinar soluciones que supongan tanto territorio nacional como países amigos en condiciones tales que se satisfaga a ambas partes. En este país de juristas ilustres no faltará quien con imaginación encuentre la formula legal precisa para romper el nudo gordiano y quien proponga la solución feliz para que todos ganen. Si el intercambio se asocia desde el comienzo con el proceso de paz, los obstáculos mencionados se pueden superar con relativa facilidad; sobre todo los referidos a la suerte futura de los guerrilleros que salgan de prisión.
Un conflicto que parece irresoluble podría no serlo si existe voluntad para ello. La persistencia de la lucha armada en Colombia no ocurre por maldición bíblica o en razón del espíritu especialmente belicoso de sus habitantes sino por condiciones sociales y políticas que sustentan un régimen violento de ventajas y discriminaciones aberrantes. Desde esta perspectiva es obvio que la mayor responsabilidad corresponde a la clase dominante del país, beneficiaria de tan sólido entramado de privilegios. Si esto no sucede, tendrá que ser la iniciativa de la propia ciudadanía la que imponga las soluciones, ya sea en las urnas o mediante un vigoroso movimiento de desobediencia civil.
Si en su día se hubiese realizado la moderada reforma agraria propuesta por el presidente Lleras Restrepo el latifundio improductivo habría sufrido un fuerte golpe, se habría democratizado la propiedad del suelo en un país entonces básicamente agrario, se habría ampliado y dinamizado el mercado interno, se habría influido positivamente en el caótico proceso de urbanización que el país soporta y Manuel Marulanda sería un inofensivo anciano, relatando lejanas proezas a sus nietos en las tardes brumosas de su retiro andino.
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